Título I
EL UNIVERSO
E l universo generalmente se asocia con algo muy distante o a conceptos muy amplios y abstractos prácticamente desvinculados de la mundana cotidianidad, olvidando que nuestro planeta, el agua que bebemos, el chicle pegado al pupitre, el aire que respiramos y nosotros mismos, somos universo. Ello expresa el pecado original del ser humano: su prepotencia racional, que lo ha llevado a pretender colocarse a la par de la naturaleza, y por ende, a mirar el cosmos únicamente en función de sí mismo.
Todo eso ha configurado de alguna forma el falso criterio de que el ser humano es el eslabón roto del orden natural, de cuyas leyes se ha sustraído, por lo cual es capaz de conformar sus normas existenciales por sobre los imperativos de su propia naturaleza. Falacia que ha alcanzado su más preclara expresión en la era moderna, con su instrumento de acción: la ciencia, y su resultado: el cientificismo; que han pretendido ser la respuesta a la incertidumbre existencial del ser humano: A mayor conocimiento científico menor incertidumbre, y en consecuencia mayor libertad, y siendo más libre puede hallar la paz y la felicidad.
No es el conocimiento per se quien libera, sino la ponderación ética que se haga del mismo. Recordemos que somos seres esencialmente morales, y por ende nuestro existir está ineludiblemente ligado a ello, sin poder, de forma alguna, sustraernos de ese imperativo ontológico, como lo pretende el paradigma científico racionalista, pues nos desnaturalizaríamos, perdiendo todo sentido de la ubicación existencial, siendo náufragos de un universo al cual tratamos de conocer desconociéndonos a nosotros mismos.
Si el ser humano se acepta como expresión viviente del universo, entonces está ineluctablemente sometido a las leyes, principios y valores que rigen la vida. Luego así, éstos tienen validez erga omnes, para todo el cosmos, no siendo exclusivos del ser humano, es decir, éste busca la libertad, la justicia, la igualdad y tiene sentido de trascendencia, no por ser humano sino en cuanto ser vivo que razona y tiene conciencia moral. De esta forma, si en un momento desapareciese la humanidad, los principios y valores deberían
mantenerse como razones naturales. Es más, si consideramos que en cuanto mamíferos procedemos de una misma raíz evolutiva, entonces el primer mamífero hubo cargado en su potencialidad y posibilidad existencial todas las facultades que ostentamos; siendo así retrospectivamente hasta el mismo momento generatriz de la vida. Precisamente eso es lo maravilloso y mágico de la vida, ser toda posibilidad y potencialidad, concretada a través de un proceso llamado evolución.
Es que existe demasiada belleza y perfección en la naturaleza para que el universo sea solamente un proceso material y mecánico de transformación de materia inerte, pues la vida manifiesta y justifica la maravillosa maquinaria probabilística del cosmos, siendo la vida racional y espiritual su más sublime expresión.
En tal sentido, el ser humano tiene la posibilidad de “comprender” todo el universo dentro de sí, de forma racional o de forma mística religiosa. Una, pretendidamente contenida en fórmulas matemáticas; y la otra, resumida en una verdad suprema: Dios. Ambas constituyen formas de interpretación y valoración del universo, y por ello implican dos caminos hacia el sosiego de nuestra incertidumbre existencial, los cuales necesariamente deben converger en el principio y fin de todo, cuya respuesta necesariamente ha de ser siempre Dios. Porque donde las formulas matemáticas pierden sentido, comienza lo maravilloso, lo mágico, lo sublime; y cuando se hacen absurdas, empieza lo eterno e infinito; siendo Dios la expresión más sublime de la racionalidad humana.
Es común la máxima que asevera la explicación y comprensión absoluta del universo por medio de las matemáticas. Triste y desdichada afirmación, hija bastarda del paradigma positivista, pues confunde prepotente y torpemente el instrumento o medio con el propósito o fin. Ciertamente las matemáticas descifran maravillosamente la materialidad de la naturaleza y del universo, pero jamás podrán expresarlo en toda la extensión de su espiritualidad; ya que los números y ecuaciones revelan la forma como el universo funciona, pero no el porqué ni el para qué de su existencia, pues el universo no se explica a sí mismo, siendo su concreción infinita, es decir, su infinitud implica la perenne posibilidad de ser. Resultando que la concreción de esa posibilidad es un azar de la expresión de sí mismo, un “ser” “siendo” perpetuo, que se manifiesta como un proceso evolutivo. Por eso toda “actualidad” manifiesta al universo posible haciéndose posible; y por eso también el pasado y el futuro solamente son referencias en el espacio tiempo de un universo “siendo”, la actualidad relativizada. Y es precisamente la materialidad de esa acción existencial la que las matemáticas alcanzan a descifrar sublimemente, robándole sus códigos al universo. No obstante, donde las fórmulas se hacen tan complejas para integrar aspectos de la existencialidad material con cualidades y principios propios del “ser” universal, y tan simples para concretarlas como actualidades en el espacio tiempo, los números y ecuaciones se hacen inútiles y torpes. Esa “inutilidad” lógica, racional, implícita, predecible y esperada de las matemáticas, se evidencia a cada rato; nomás pidámosle a un eminente matemático que explique complejidades tan simples como el amor, la justicia, la libertad, la solidaridad, la belleza etc.
También, supongamos la Novena Sinfonía escrita en una notación musical desconocida; luego, si lográsemos descifrar sus códigos en partitura inteligible, ¿ésta la explicaría en su integralidad y la expresaría en su valor pleno de obra artística?; obviamente no, pues su plenitud existencial se alcanza por medio de la espiritualidad. Igual ocurre con las explicaciones matemáticas, nos descifran códigos y revelan procesos, pero su comprensión holística y sinérgica es asunto netamente espiritual. Tratemos asimismo de explicar “La Última Cena”, de Leonardo, únicamente por su geometría y técnicas pictóricas, caso en el cual se reduciría a un artificio material, carente de toda la riqueza de la expresión espiritual que la origina y cualifica y jamás termina por explicarla. De la misma forma, pretendamos explicar la obra del lutier solamente desde la madera, las medidas, proporciones y técnicas de elaboración, sin considerar el concepto integral, metafórico de su obra, que no se agota en su funcionabilidad material, pues ella se consagra con su instrumentalidad espiritual, es decir, adquiere pleno significado y sentido ontológico cuando expresa, cuando comunica al ser humano en su espiritualidad, en un campus que no se explica con guarismos, ecuaciones ni silogismos, sino que se siente y se vive desde toda la complejidad existencial humana.
El problema de la ponderación del universo ha sido el fundar sus criterios sobre la consideración de la vida en tanto exclusividad de la Tierra. Ahora, si suponemos la existencia de vida en cuanto posibilidad probabilística esencial del cosmos, las perspectivas cambian radicalmente, pues entonces ¿serán capaces de conocer los principios, valores y sentimientos?, y si los conocen ¿cómo los aprehendieron? y ¿cuál es el mecanismo biológico que los expresa universalmente?
Claro que esto es un supuesto, pero ¿cuántas teorías y “supuestos” les queman las pestañas a la ciencia? Es más ¿cuál es la proporción de lo conocido con relación al universo y lo que falta por conocer? El problema de la ciencia es su tendencia a estrechar tanto su visión que pierde la perspectiva holística del universo. Tal vez esa haya sido la maravillosa facultad de Einstein, que le permitió plantear una teoría tan radicalmente diferente, incomprendida en su tiempo, y hasta en la actualidad, pues él visualizó y planteó el universo desde los tiempos y los espacios de Dios.
Valoremos esto: ¿Por qué una madre cuida de su hijo por sobre su propia vida, qué mecanismo la lleva a ello? ¿Por qué las cadenas alimenticias y cómo se introduce esa lógica para conformar una estructura perfecta que debe responder a un sistema universal? ¿Cuál es el fin de ese sistema sinérgico si la vida es expresión superior de la materia y si todo ser vivo tiene un sentido natural de preservación individual y de especie, y en conjunto, si todo el sistema funciona en aras de preservar la vida?; luego entonces, debe existir un principio universal orientado a tales propósitos.
Además, si consideramos a los seres vivos como materia y energía, concluimos que la vida, en cuanto principio vital, no se extingue, simplemente se transforma, y en consecuencia, la evolución no es sino el universo siendo universo, es decir, el universo transitando hacia su expresión superior, que en la mayor amplitud de su probabilidad y posibilidad material y espiritual, ha de ser la concreción de la vida, y su manifestación más plena y sublime: la vida inteligente y espiritual: el universo mirándose y comprendiéndose a sí mismo: el universo consciente.
Así como los dinosaurios surgieron, se desarrollaron y se extinguieron conforme a condiciones evolutivas determinadas, imaginemos que el meteorito que supuestamente los extinguió hubiese destruido a nuestro planeta; entonces ¿los mamíferos superiores y los dotados de inteligencia evolucionada como el ser humano, simplemente no existirían jamás en el universo, o al contrario, siempre continuarían siendo una posibilidad?; es decir, antes de la germinación de la vida en nuestro planeta ¿existía el ser racional, como posibilidad de un principio vital universal, o simplemente nuestra existencia ha sido el resultado de un accidente? Necesariamente debe haber un principio vital que determine la germinación de la vida más allá de la pura generación de materia inerte.
¿Por qué el potencial del cerebro humano, a pesar de todas sus vicisitudes evolutivas, sobrepasa cualquier posible estimación? Nomás imaginemos coincidiendo en un ser humano las genialidades potenciales de Leonardo, Einstein y Mozart. Si la evolución es la forma de acceder y desarrollar esa plena capacidad intelectiva, y al ser ella una progresión probabilística, luego entonces toda forma de vida evolutivamente tiene ese potencial, y en consecuencia, debe existir la probabilidad de las condiciones materiales para que ocurra. Así pues, la Tierra es simple expresión de una necesidad estadística para la germinación de la vida. Además, si para el ser humano o cualquier ser dotado de inteligencia, es cuestión de tiempo evolutivo el descifrar el enigma de la vida, ¿hasta cuándo será ese tiempo?, ¿alcanzarán nuestro sistema y nuestra galaxia hasta allá, o deberán existir infinidad de procesos y sistemas evolutivos en el universo hasta que alguno diga ¡bingo!?
El ser inteligente, al no estar sometido pasivamente a los principios del universo, participa en mayor o menor grado de ellos, en la medida que los aprehende y comprende, lo cual le asigna una enorme responsabilidad y es la causa primera de su angustia e incertidumbre existencial, por sentirse “cautivo” en un pequeñísimo planeta cuando en su mente cabe el universo entero. En este sentido Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, no físicamente, sino en cuanto su cualidad racional y espiritual de poder “comprender” el universo con su consciencia, siendo esa la cima de la evolución o transitar existencial humano, una posibilidad que se vive como incertidumbre, se manifiesta como esperanza y se concreta como fe.
He allí el verdadero motor vivencial del ser humano, de su quehacer, de su cultura, de sus sociedades: La comprensión de su ser dentro del acontecimiento existencial del universo.
Hagamos el ejercicio mental de pensar al universo: Si la ciencia supone un universo nacido de una gran explosión original y expandiéndose en el espacio tiempo, por qué no pensarlo como la infinita posibilidad de ser posible (universo esencia) en infinitas expresiones físicas (universo material), en donde la materia construye su propio espacio tiempo existencial. De esa forma el big bang en vez del origen sería el fin de la estabilidad, que ineluctablemente confluye hacia un desequilibrio iniciador del ciclo de trasformación de materia y consecuentemente de expansión, que al final es la conformación del espacio y el tiempo para un acontecimiento maravilloso que lo posibilita materialmente: la evolución, y de una manifestación espiritual sublime: la vida. Así pues, cada planeta, estrella o galaxia conforma su espacio tiempo, proyectando desde su centro de gravitación el radio que “mide” al universo, es decir, el universo nace desde cada punto referencial; por lo que, proyectando nuestro espacio tiempo, la Tierra relativamente se constituye en el centro, el principio y fin del universo. Pero vayamos más lejos y consideremos que, al contrario de la creencia general, no nos movemos en el espacio tiempo sino solamente en el tiempo; es decir, todo el universo está contenido en un solo punto, constituido por un plano existencial base y formulado por la incertidumbre, y las distancias que medimos expresan únicamente la concreción de la probabilidad de existir, manifestada como realidad. Veámoslo así: Los dos millones de años luz que nos separan de Andrómeda significan el lapso, que pudiere ser un instante, entre su posibilidad existencial y la de nuestra vía láctea; de tal forma que, viajando de una a la otra simplemente nos mudaríamos de probabilidad, pero espacialmente estaríamos en el mismo sitio. Luego así, la dimensión cuasi infinita del universo (material) y las distancias gigantescas entre sus elementos son condiciones esenciales para la expresión plena de la aleatoriedad, en cuanto cualidad esencial de la evolución; empero esas distancias, siendo ilusorias, son allanables instantáneamente mediante el plano temporal, es decir, a los diferentes planos existenciales los separa únicamente el instante probabilístico entre uno y otro; siendo posible, por eso, la contemplación o tránsito instantáneos entre cualquiera de ellos, independientemente de la “distancia” que los separe. De manera que los cuerpos orbitan determinada probabilidad o plano existencial, conformando un todo armonioso que se manifiesta como el universo físico que vivimos. Esos diversos planos de realidad relativizan la percepción de las cosas y del universo, de tal forma que si cada materia, cuerpo u objeto tiene una única condición espaciotemporal: el presente, todo lo que está fuera de su plano existencial se le actualiza como pasado. Un tren prácticamente no existe para un cuerpo o ser situado en el centro del carril a 100 km de distancia; luego, al aparecer en la distancia, respecto de la realidad referencial, el tren es tan pequeño o grande como se observa hasta que sus “realidades” se confronten, porque lo que chocan, más que los cuerpos son los planos de realidad que ellos expresan. Imaginemos que desde un planeta “A” pudiésemos trasportarnos en un segundo hasta otro planeta “B” dentro de una misma galaxia (lo que podría equivaler, por ejemplo, a 100 millones de veces la velocidad de la luz); luego entonces “A” y “B” estarían recíprocamente referenciados respecto del presente y del pasado. Asimismo supongamos que avanzamos en el espacio distanciándonos de “A” y “B” hasta el límite mismo del universo, en éste el tiempo tendría que ser cero, pero si consideramos que para el planeta “Z” ubicado en el borde de dicho “límite” supuesto, también le valdrían los mismos referenciales, el límite de “A” como de “B” como de “Z” como de cada cuerpo en el universo sería él mismo, pues referencialmente cada plano de realidad es la única expresión posible del presente. Ahora, de la misma forma debería existir una relación entre la magnitud máxima del tiempo “presente” de cada plano de realidad y el valor mínimo o cero referencial, que, siguiendo la lógica de la dinámica del universo, no sería estático sino que estaría por sobre la velocidad de la luz, o sea, el instante común a todo el cosmos, siendo así el tiempo expresión de la ralentización de la velocidad “base” del universo, merced al acontecimiento probabilístico que construye el presente de cada cuerpo y conforma e integra la historicidad evolutiva del cosmos. Esto plantearía otra óptica del relativismo Einsteniano.
Desde esa lógica, si deseásemos transmutarnos en un segundo desde nuestro planeta hasta alfa centaury, accederíamos instantáneamente al “presente” de nuestra estrella más cercana así como de cada cuerpo del cosmos. De esa forma, la luna está referenciada al plano existencial de la Tierra, ambos a la del sol, el sistema solar respecto de la galaxia y así sucesivamente. De manera que las distancias entre los cuerpos del universo equivalen al grado de amplitud de sus planos existenciales.
Imaginemos que proyectamos sucesivamente tres imágenes de objetos distintos, “a” “b” y “c”. De ello resultaría un tiempo “presente” diferente para cada objeto, de manera que “a” estaría a “x” tiempo de “b” y a “2x” tiempo de “c”, igualmente determinables en forma correspectiva para “b” y “c”. De tal forma que los tres objetos en conjunto constituirían el “presente”, pero referencialmente cada uno conformaría su propio “presente” y “vería” a los otros dos en tiempo pasado. Ahora, si se considera el tránsito entre los objetos a cualquier velocidad menor a la de su “actualización”, implica un tiempo o “distancia” tan grande como lenta sea esa velocidad con respecto al referencial, empero, también así, a la velocidad de “actualización” sería posible el tránsito instantáneo entre cada actualidad de cada cuerpo.
Si pudiéramos contemplar de alguna forma el universo completo “desde afuera”, tendríamos la perspectiva absoluta del tiempo y del espacio, comprobando que pasado y futuro son medidas relativas del transcurrir de un universo que no transcurre, lleno de futuros y pasados conformantes de un presente que lo fue, lo es y lo será siempre; y por lo tanto, comprendiendo también que el universo adquiere sentido evolutivo e histórico únicamente desde la consciencia, que surge de la inteligencia, que evidencia el estatus superior de la vida, que manifiesta un universo vivo, inteligente y consciente.
Además, si consideramos el universo existiendo todo en un mismo lugar, luego entonces ¿cuál es el tamaño del universo? ¿Qué referencias tendríamos para establecer sus medidas? ¿Podría ser del tamaño de la cabeza de un alfiler? El universo como esencia no transcurre, él existe o no existe, y existiendo no tiene ya posibilidad de no existir, pues inmenso o diminuto siempre será universo, es esa su infinitud, no poseer espacio ni tiempo ni materia ni vida, sino constituir su posibilidad de expresión, ser la esencia que los resume en un punto que unos llamamos Dios y otros de la forma que les parezca, pero la incertidumbre del ser y la intuición de lo inalcanzable que se tiene a la mano, habrán de delatar por siempre, la existencialidad más allá de la materialidad, o, mejor dicho, en expresión superlativa de ella.
En fin, existen maneras diversas de pensar el universo, tenemos a lo mejor algunos millones de años para hacerlo antes que la evolución nos pase factura. El cosmos es tan infinitamente misterioso e inmenso que su comprensión final ha de ser muy simple. Mientras tanto seguiremos aquí en esta roca que orbita a una mediana estrella de 1.300.000 km de diámetro, que “coquetea” a la distancia de treinta y nueve millones de millones de km con su más cercana vecina, alfa centauro, en una comunidad de 200.000 millones o más de las tiene nuestra galaxia, quien, siendo una entre miles de millones, a 2.000.000.000.000.000.000 de km cuenta a su “colega” más próxima: Andrómeda. Tratemos de proyectar nuestro tamaño físico a esas dimensiones tan gigantescas y pensemos en la magnitud de la tarea de conquistar la maravillosa estructura llamada universo desde la concepción espacio tiempo aparente, cuando apenas hemos puesto una vez los pies en nuestro satélite natural.
Lo cierto es que está en nuestra naturaleza la “conquista” del universo y hacia allá empeñaremos nuestro último suspiro como especie y como huéspedes de este planeta. El paso inicial lo dimos en la luna, pero el salto definitivo se producirá cuando cesemos nuestro empeño de plantearlo desde nuestra particularidad existencial e iniciemos a comprenderlo en la verdadera magnitud de su complejidad existencial, y cuando ello ocurra su explicación tenderá a simplificarse extraordinariamente.
La dificultad del entendimiento y comprensión del universo no está en él sino en las incapacidades del ser humano. Por eso, cuando la ciencia se hace fértil espiritualmente y la religión “materializa” o “concretiza” a Dios como “hecho” espiritual, la “razón” del universo se abre paso en nuestras consciencias.
La cuestión central de la comprensión del universo, es que ese sistema no puede ser puramente material, porque entonces la vida carecería de sentido y lógica, siendo imposible la conformación de las estructuras, sistemas y principios que la posibiliten. Por eso la materia inerte no constituye la verdadera dificultad del conocimiento, pues es el principio de la vida, cualificante del universo, el verdadero problema cognoscitivo, al plantear otros planos existenciales distintos al material, y en consecuencia, un universo infinitamente complejo. La vida manifiesta al universo en su esplendor y potencialidad, luego entonces, desde él debe iniciarse el principio vital y el establecimiento de todas las condiciones ontológicas para su concreción.
La denominada “Paradoja de Schrödinger” expone la ambigüedad de la realidad cuando se mide o se trata de explicar parcializadamente desde determinado aspecto o característica. El error consiste en pretender igualar la realidad sub atómica o cuántica con la realidad evolutiva concreta, pues en el universo coexisten dos realidades que lo configuran: el universo esencia o potencia y el universo concreto o evolutivo; constituyéndose así el ámbito de lo real, que se impone a cualquier perspectiva específica. La realidad cuántica expresa el universo posible en toda posibilidad, la esencia generatriz, conformante y conformadora del todo; mientras la realidad evolutiva manifiesta un proceso histórico concreto, de probabilidades consumadas, configurantes del abanico del porvenir.
Recordad que la “partícula” de la paradoja interactúa con el mecanismo a accionar, además de la caja, el aire y el gato, quién, incluso con un maullido o un zarpazo puede determinar el estatus de la partícula. Consideremos un hecho más cotidiano: Una gran roca se desprende y se le viene encima a un gato que juega despreocupadamente. Pudiendo ocurrir: A) Que la distancia tiempo entre la roca y el gato sea tan larga que la probabilidad apueste por la vida del gato, quien incluso podría no llegar a enterarse de la caída de la roca y hasta morir antes por otra causa. B) Que la distancia-tiempo de la caída de la roca sea tan corta que exceda la capacidad de reacción del gato, caso en el cual el gato no tendría opción sino morir aplastado. C) Que la distancia-tiempo de la roca esté dentro de los límites de la capacidad de reacción del gato, quien entonces tendrá la posibilidad de saltar y salvarse.
Valga decir, las partículas son determinadas por su contexto hacia la mayor probabilidad. En consecuencia, las leyes físicas expresan un grado tan altísimo de probabilidad, que se consideran infalibles. La roca del ejemplo es un conjunto de partículas determinadas hacia la mayor probabilidad contextual: caer. Mientras que el gato expresa la facultad excepcional del ser vivo, de modificar y configurar la determinación probabilística y, por tanto, de sustraerse de la relación de causalidad que la manifiesta. En ese sentido, el ser humano, exponente superlativo de esa facultad, ya se plantea formas de sustraerse de la posibilidad de que una enorme roca “caiga” sobre la tierra. Aun más, pudiere ocurrir que un fenómeno extraordinario del universo tenga signada la destrucción de nuestro planeta, por lo cual estaríamos viviendo el resto de un tiempo casuístico menor; pues el mayor ya está establecido por una probabilidad ineluctable: la extinción del sol. Porque la principal causa de la muerte, es la vida.
Ahora, cabe acotar que las paradojas al estilo de la del gato de Schrödinger, se plantean no en función de que algo deba ser de una u otra forma, sino del porqué las cosas no ocurren de una determinada manera, cuestionando las carencias del razonamiento para su justa comprensión. Lo mismo que hizo el dolosamente incomprendido Zenón con las suyas, poner en duda la capacidad de razonar ciertamente la realidad, cuando se desconocen o se asumen indebidamente factores determinantes.
Era un planteamiento científico del sabio de Elea. Tan así, que dos mil cuatrocientos años después la ciencia establece que tanto la tortuga como Aquiles avanzan en saltitos cuánticos de paquetitos conformantes de la materia que los integra, o sea, que el movimiento es discontinuo, solo que en expresiones tan extraordinariamente pequeñas que el macromundo lo manifiesta en continuidad; además la ciencia plantea que esos paquetitos o cuantos de materia-energía se manifiestan en una dimensión de espacio y tiempo relativizados, por lo que Aquiles y la tortuga en verdad conforman sus propios espacios tiempo al avanzar, resultando que toda referencialidad es respecto de ellos mismos y de un referencial común para todo el universo: la velocidad de la luz. De manera que el punto referencial del movimiento de Aquiles es donde se encuentre la tortuga, no donde haya estado; incluso puede moverse Aquiles a una velocidad muy cercana a la de la luz, retornar un año después y colocarse a la par de una tortuga que entonces tendría décadas andando.
Hubiese sido extraordinariamente relevante para el desarrollo del pensamiento occidental, si se hubiese tomado en serio las paradojas de personajes como Zenón de Elea.
De esa forma el gato de Schrödinger, independientemente de cualquier observador, tendría dos estados definidos posibles: estar vivo o estar muerto, y de modo alguno pueden trasladarse a él los estatus propios del mundo cuántico, por cuanto él en sí mismo constituye expresión del universo evolutivo, y en consecuencia, desprendido entrópicamente “n” posibilidades en lo inmediato del mundo cuántico, aunque ciertamente sí, ligado a él “n” posibilidades de la aleatoriedad que expresa éste, pero no inmediata ni absoluta, como sugiere la paradoja, sino, conforme a lo dicho, sometido a una configuración histórica y determinación probabilística entrópica.
En ese sentido, supongamos que pudiéramos ver el mundo en el nivel del átomo, divisaríamos los cuerpos prácticamente vacíos, conformados básicamente por energía. Las personas, los objetos los animales, los árboles, todo serían diferentes estructuras de energía. Ahora, si fuésemos más allá y viésemos el mundo al nivel de quantum, en ese caso hipotético todo se confundiría con el todo, la indeterminabilidad absoluta convergería la realidad concreta hacia el punto de origen de todo lo posible: el universo esencia. Es decir, la realidad concreta es una construcción histórica proyectada entrópicamente desde la realidad cuántica; por lo que el ser gato significa no solamente su estructura molecular ni su lapso material de vida, sino también todo el proceso evolutivo que resulta en él, más aun por la cualidad superior que lo corona: la vida. De esa forma, probabilísticamente todo el universo se resume en el gato, luego, éste ocupa un espacio y un tiempo creados por el proceso evolutivo. Por eso cuando Einstein preguntaba irónicamente hacia la física cuántica: ¿Entonces la luna no está allí?, la respuesta es sí está allí, como el gato de la paradoja, como nosotros aquí, ocupando nuestros tiempos y “espacios” creados por la evolución y determinados por un proceso probabilístico que configura la “flecha” que le da sentido y expresión concreta a lo cuántico: nuestro mundo real.
La fig. 1 ejemplifica la determinación probabilística de la realidad.
De manera que la cuestión existencial del universo se replantea cuando la materia pasa a constituirse en cualidad que excede la mera transformación para expresar el fin mismo de la energía universal: la vida, y su expresión más sublime: la inteligencia. Es decir, los animales, además del plano material, responden a un plano espiritual; siendo su máxima expresión el ser humano, quien toma consciencia de esa espiritualidad y principio vital que animan el universo, de quien se sabe expresión, y lo denomina: Dios; que, como se ha dicho, es la mayor manifestación de la racionalidad humana y la más grande y retadora teoría para la ciencia.Adquirir Ebook completo: EL HUMANISMO ENTRÓPICO (ebook)
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