jueves, 12 de marzo de 2026

 


Título I

 EL UNIVERSO 

 E l universo generalmente se asocia con algo muy distante o a conceptos muy amplios y abstractos prácticamente desvinculados de la mundana cotidianidad, olvidando que nuestro planeta, el agua que bebemos, el chicle pegado al pupitre, el aire que respiramos y nosotros mismos, somos universo. Ello expresa el pecado original del ser humano: su prepotencia racional, que lo ha llevado a pretender colocarse a la par de la naturaleza, y por ende, a mirar el cosmos únicamente en función de sí mismo. 

 Todo eso ha configurado de alguna forma el falso criterio de que el ser humano es el eslabón roto del orden natural, de cuyas leyes se ha sustraído, por lo cual es capaz de conformar sus normas existenciales por sobre los imperativos de su propia naturaleza. Falacia que ha alcanzado su más preclara expresión en la era moderna, con su instrumento de acción: la ciencia, y su resultado: el cientificismo; que han pretendido ser la respuesta a la incertidumbre existencial del ser humano: A mayor conocimiento científico menor incertidumbre, y en consecuencia mayor libertad, y siendo más libre puede hallar la paz y la felicidad.

 No es el conocimiento per se quien libera, sino la ponderación ética que se haga del mismo. Recordemos que somos seres esencialmente morales, y por ende nuestro existir está ineludiblemente ligado a ello, sin poder, de forma alguna, sustraernos de ese imperativo ontológico, como lo pretende el paradigma científico racionalista, pues nos desnaturalizaríamos, perdiendo todo sentido de la ubicación existencial, siendo náufragos de un universo al cual tratamos de conocer desconociéndonos a nosotros mismos. 

 Si el ser humano se acepta como expresión viviente del universo, entonces está ineluctablemente sometido a las leyes, principios y valores que rigen la vida. Luego así, éstos tienen validez erga omnes, para todo el cosmos, no siendo exclusivos del ser humano, es decir, éste busca la libertad, la justicia, la igualdad y tiene sentido de trascendencia, no por ser humano sino en cuanto ser vivo que razona y tiene conciencia moral. De esta forma, si en un momento desapareciese la humanidad, los principios y valores deberían 

mantenerse como razones naturales. Es más, si consideramos que en cuanto mamíferos procedemos de una misma raíz evolutiva, entonces el primer mamífero hubo cargado en su potencialidad y posibilidad existencial todas las facultades que ostentamos; siendo así retrospectivamente hasta el mismo momento generatriz de la vida. Precisamente eso es lo maravilloso y mágico de la vida, ser toda posibilidad y potencialidad, concretada a través de un proceso llamado evolución.

 Es que existe demasiada belleza y perfección en la naturaleza para que el universo sea solamente un proceso material y mecánico de transformación de materia inerte, pues la vida manifiesta y justifica la maravillosa maquinaria probabilística del cosmos, siendo la vida racional y espiritual su más sublime expresión. 

 En tal sentido, el ser humano tiene la posibilidad de “comprender” todo el universo dentro de sí, de forma racional o de forma mística religiosa. Una, pretendidamente contenida en fórmulas matemáticas; y la otra, resumida en una verdad suprema: Dios. Ambas constituyen formas de interpretación y valoración del universo, y por ello implican dos caminos hacia el sosiego de nuestra incertidumbre existencial, los cuales necesariamente deben converger en el principio y fin de todo, cuya respuesta necesariamente ha de ser siempre Dios. Porque donde las formulas matemáticas pierden sentido, comienza lo maravilloso, lo mágico, lo sublime; y cuando se hacen absurdas, empieza lo eterno e infinito; siendo Dios la expresión más sublime de la racionalidad humana. 

 Es común la máxima que asevera la explicación y comprensión absoluta del universo por medio de las matemáticas. Triste y desdichada afirmación, hija bastarda del paradigma positivista, pues confunde prepotente y torpemente el instrumento o medio con el propósito o fin. Ciertamente las matemáticas descifran maravillosamente la materialidad de la naturaleza y del universo, pero jamás podrán expresarlo en toda la extensión de su espiritualidad; ya que los números y ecuaciones revelan la forma como el universo funciona, pero no el porqué ni el para qué de su existencia, pues el universo no se explica a sí mismo, siendo su concreción infinita, es decir, su infinitud implica la perenne posibilidad de ser. Resultando que la concreción de esa posibilidad es un azar de la expresión de sí mismo, un “ser” “siendo” perpetuo, que se manifiesta como un proceso evolutivo. Por eso toda “actualidad” manifiesta al universo posible haciéndose posible; y por eso también el pasado y el futuro solamente son referencias en el espacio tiempo de un universo “siendo”, la actualidad relativizada. Y es precisamente la materialidad de esa acción existencial la que las matemáticas alcanzan a descifrar sublimemente, robándole sus códigos al universo. No obstante, donde las fórmulas se hacen tan complejas para integrar aspectos de la existencialidad material con cualidades y principios propios del “ser” universal, y tan simples para concretarlas como actualidades en el espacio tiempo, los números y ecuaciones se hacen inútiles y torpes. Esa “inutilidad” lógica, racional, implícita, predecible y esperada de las matemáticas, se evidencia a cada rato; nomás pidámosle a un eminente matemático que explique complejidades tan simples como el amor, la justicia, la libertad, la solidaridad, la belleza etc. 

También, supongamos la Novena Sinfonía escrita en una notación musical desconocida; luego, si lográsemos descifrar sus códigos en partitura inteligible, ¿ésta la explicaría en su integralidad y la expresaría en su valor pleno de obra artística?; obviamente no, pues su plenitud existencial se alcanza por medio de la espiritualidad. Igual ocurre con las explicaciones matemáticas, nos descifran códigos y revelan procesos, pero su comprensión holística y sinérgica es asunto netamente espiritual. Tratemos asimismo de explicar “La Última Cena”, de Leonardo, únicamente por su geometría y técnicas pictóricas, caso en el cual se reduciría a un artificio material, carente de toda la riqueza de la expresión espiritual que la origina y cualifica y jamás termina por explicarla. De la misma forma, pretendamos explicar la obra del lutier solamente desde la madera, las medidas, proporciones y técnicas de elaboración, sin considerar el concepto integral, metafórico de su obra, que no se agota en su funcionabilidad material, pues ella se consagra con su instrumentalidad espiritual, es decir, adquiere pleno significado y sentido ontológico cuando expresa, cuando comunica al ser humano en su espiritualidad, en un campus que no se explica con guarismos, ecuaciones ni silogismos, sino que se siente y se vive desde toda la complejidad existencial humana.

 El problema de la ponderación del universo ha sido el fundar sus criterios sobre la consideración de la vida en tanto exclusividad de la Tierra. Ahora, si suponemos la existencia de vida en cuanto posibilidad probabilística esencial del cosmos, las perspectivas cambian radicalmente, pues entonces ¿serán capaces de conocer los principios, valores y sentimientos?, y si los conocen ¿cómo los aprehendieron? y ¿cuál es el mecanismo biológico que los expresa universalmente?

 Claro que esto es un supuesto, pero ¿cuántas teorías y “supuestos” les queman las pestañas a la ciencia? Es más ¿cuál es la proporción de lo conocido con relación al universo y lo que falta por conocer? El problema de la ciencia es su tendencia a estrechar tanto su visión que pierde la perspectiva holística del universo. Tal vez esa haya sido la maravillosa facultad de Einstein, que le permitió plantear una teoría tan radicalmente diferente, incomprendida en su tiempo, y hasta en la actualidad, pues él visualizó y planteó el universo desde los tiempos y los espacios de Dios. 

 Valoremos esto: ¿Por qué una madre cuida de su hijo por sobre su propia vida, qué mecanismo la lleva a ello? ¿Por qué las cadenas alimenticias y cómo se introduce esa lógica para conformar una estructura perfecta que debe responder a un sistema universal? ¿Cuál es el fin de ese sistema sinérgico si la vida es expresión superior de la materia y si todo ser vivo tiene un sentido natural de preservación individual y de especie, y en conjunto, si todo el sistema funciona en aras de preservar la vida?; luego entonces, debe existir un principio universal orientado a tales propósitos.

 Además, si consideramos a los seres vivos como materia y energía, concluimos que la vida, en cuanto principio vital, no se extingue, simplemente se transforma, y en consecuencia, la evolución no es sino el universo siendo universo, es decir, el universo transitando hacia su expresión superior, que en la mayor amplitud de su probabilidad y posibilidad material y espiritual, ha de ser la concreción de la vida, y su manifestación más plena y sublime: la vida inteligente y espiritual: el universo mirándose y comprendiéndose a sí mismo: el universo consciente. 

 Así como los dinosaurios surgieron, se desarrollaron y se extinguieron conforme a condiciones evolutivas determinadas, imaginemos que el meteorito que supuestamente los extinguió hubiese destruido a nuestro planeta; entonces ¿los mamíferos superiores y los dotados de inteligencia evolucionada como el ser humano, simplemente no existirían jamás en el universo, o al contrario, siempre continuarían siendo una posibilidad?; es decir, antes de la germinación de la vida en nuestro planeta ¿existía el ser racional, como posibilidad de un principio vital universal, o simplemente nuestra existencia ha sido el resultado de un accidente? Necesariamente debe haber un principio vital que determine la germinación de la vida más allá de la pura generación de materia inerte. 

 ¿Por qué el potencial del cerebro humano, a pesar de todas sus vicisitudes evolutivas, sobrepasa cualquier posible estimación? Nomás imaginemos coincidiendo en un ser humano las genialidades potenciales de Leonardo, Einstein y Mozart. Si la evolución es la forma de acceder y desarrollar esa plena capacidad intelectiva, y al ser ella una progresión probabilística, luego entonces toda forma de vida evolutivamente tiene ese potencial, y en consecuencia, debe existir la probabilidad de las condiciones materiales para que ocurra. Así pues, la Tierra es simple expresión de una necesidad estadística para la germinación de la vida. Además, si para el ser humano o cualquier ser dotado de inteligencia, es cuestión de tiempo evolutivo el descifrar el enigma de la vida, ¿hasta cuándo será ese tiempo?, ¿alcanzarán nuestro sistema y nuestra galaxia hasta allá, o deberán existir infinidad de procesos y sistemas evolutivos en el universo hasta que alguno diga ¡bingo!? 

 El ser inteligente, al no estar sometido pasivamente a los principios del universo, participa en mayor o menor grado de ellos, en la medida que los aprehende y comprende, lo cual le asigna una enorme responsabilidad y es la causa primera de su angustia e incertidumbre existencial, por sentirse “cautivo” en un pequeñísimo planeta cuando en su mente cabe el universo entero. En este sentido Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, no físicamente, sino en cuanto su cualidad racional y espiritual de poder “comprender” el universo con su consciencia, siendo esa la cima de la evolución o transitar existencial humano, una posibilidad que se vive como incertidumbre, se manifiesta como esperanza y se concreta como fe. 

 He allí el verdadero motor vivencial del ser humano, de su quehacer, de su cultura, de sus sociedades: La comprensión de su ser dentro del acontecimiento existencial del universo.

 Hagamos el ejercicio mental de pensar al universo: Si la ciencia supone un universo nacido de una gran explosión original y expandiéndose en el espacio tiempo, por qué no pensarlo como la infinita posibilidad de ser posible (universo esencia) en infinitas expresiones físicas (universo material), en donde la materia construye su propio espacio tiempo existencial. De esa forma el big bang en vez del origen sería el fin de la estabilidad, que ineluctablemente confluye hacia un desequilibrio iniciador del ciclo de trasformación de materia y consecuentemente de expansión, que al final es la conformación del espacio y el tiempo para un acontecimiento maravilloso que lo posibilita materialmente: la evolución, y de una manifestación espiritual sublime: la vida. Así pues, cada planeta, estrella o galaxia conforma su espacio tiempo, proyectando desde su centro de gravitación el radio que “mide” al universo, es decir, el universo nace desde cada punto referencial; por lo que, proyectando nuestro espacio tiempo, la Tierra relativamente se constituye en el centro, el principio y fin del universo. Pero vayamos más lejos y consideremos que, al contrario de la creencia general, no nos movemos en el espacio tiempo sino solamente en el tiempo; es decir, todo el universo está contenido en un solo punto, constituido por un plano existencial base y formulado por la incertidumbre, y las distancias que medimos expresan únicamente la concreción de la probabilidad de existir, manifestada como realidad. Veámoslo así: Los dos millones de años luz que nos separan de Andrómeda significan el lapso, que pudiere ser un instante, entre su posibilidad existencial y la de nuestra vía láctea; de tal forma que, viajando de una a la otra simplemente nos mudaríamos de probabilidad, pero espacialmente estaríamos en el mismo sitio. Luego así, la dimensión cuasi infinita del universo (material) y las distancias gigantescas entre sus elementos son condiciones esenciales para la expresión plena de la aleatoriedad, en cuanto cualidad esencial de la evolución; empero esas distancias, siendo ilusorias, son allanables instantáneamente mediante el plano temporal, es decir, a los diferentes planos existenciales los separa únicamente el instante probabilístico entre uno y otro; siendo posible, por eso, la contemplación o tránsito instantáneos entre cualquiera de ellos, independientemente de la “distancia” que los separe. De manera que los cuerpos orbitan determinada probabilidad o plano existencial, conformando un todo armonioso que se manifiesta como el universo físico que vivimos. Esos diversos planos de realidad relativizan la percepción de las cosas y del universo, de tal forma que si cada materia, cuerpo u objeto tiene una única condición espaciotemporal: el presente, todo lo que está fuera de su plano existencial se le actualiza como pasado. Un tren prácticamente no existe para un cuerpo o ser situado en el centro del carril a 100 km de distancia; luego, al aparecer en la distancia, respecto de la realidad referencial, el tren es tan pequeño o grande como se observa hasta que sus “realidades” se confronten, porque lo que chocan, más que los cuerpos son los planos de realidad que ellos expresan. Imaginemos que desde un planeta “A” pudiésemos trasportarnos en un segundo hasta otro planeta “B” dentro de una misma galaxia (lo que podría equivaler, por ejemplo, a 100 millones de veces la velocidad de la luz); luego entonces “A” y “B” estarían recíprocamente referenciados respecto del presente y del pasado. Asimismo supongamos que avanzamos en el espacio distanciándonos de “A” y “B” hasta el límite mismo del universo, en éste el tiempo tendría que ser cero, pero si consideramos que para el planeta “Z” ubicado en el borde de dicho “límite” supuesto, también le valdrían los mismos referenciales, el límite de “A” como de “B” como de “Z” como de cada cuerpo en el universo sería él mismo, pues referencialmente cada plano de realidad es la única expresión posible del presente. Ahora, de la misma forma debería existir una relación entre la magnitud máxima del tiempo “presente” de cada plano de realidad y el valor mínimo o cero referencial, que, siguiendo la lógica de la dinámica del universo, no sería estático sino que estaría por sobre la velocidad de la luz, o sea, el instante común a todo el cosmos, siendo así el tiempo expresión de la ralentización de la velocidad “base” del universo, merced al acontecimiento probabilístico que construye el presente de cada cuerpo y conforma e integra la historicidad evolutiva del cosmos. Esto plantearía otra óptica del relativismo Einsteniano.

Desde esa lógica, si deseásemos transmutarnos en un segundo desde nuestro planeta hasta alfa centaury, accederíamos instantáneamente al “presente” de nuestra estrella más cercana así como de cada cuerpo del cosmos. De esa forma, la luna está referenciada al plano existencial de la Tierra, ambos a la del sol, el sistema solar respecto de la galaxia y así sucesivamente. De manera que las distancias entre los cuerpos del universo equivalen al grado de amplitud de sus planos existenciales.

 Imaginemos que proyectamos sucesivamente tres imágenes de objetos distintos, “a” “b” y “c”. De ello resultaría un tiempo “presente” diferente para cada objeto, de manera que “a” estaría a “x” tiempo de “b” y a “2x” tiempo de “c”, igualmente determinables en forma correspectiva para “b” y “c”. De tal forma que los tres objetos en conjunto constituirían el “presente”, pero referencialmente cada uno conformaría su propio “presente” y “vería” a los otros dos en tiempo pasado. Ahora, si se considera el tránsito entre los objetos a cualquier velocidad menor a la de su “actualización”, implica un tiempo o “distancia” tan grande como lenta sea esa velocidad con respecto al referencial, empero, también así, a la velocidad de “actualización” sería posible el tránsito instantáneo entre cada actualidad de cada cuerpo. 

 Si pudiéramos contemplar de alguna forma el universo completo “desde afuera”, tendríamos la perspectiva absoluta del tiempo y del espacio, comprobando que pasado y futuro son medidas relativas del transcurrir de un universo que no transcurre, lleno de futuros y pasados conformantes de un presente que lo fue, lo es y lo será siempre; y por lo tanto, comprendiendo también que el universo adquiere sentido evolutivo e histórico únicamente desde la consciencia, que surge de la inteligencia, que evidencia el estatus superior de la vida, que manifiesta un universo vivo, inteligente y consciente.

 Además, si consideramos el universo existiendo todo en un mismo lugar, luego entonces ¿cuál es el tamaño del universo? ¿Qué referencias tendríamos para establecer sus medidas? ¿Podría ser del tamaño de la cabeza de un alfiler? El universo como esencia no transcurre, él existe o no existe, y existiendo no tiene ya posibilidad de no existir, pues inmenso o diminuto siempre será universo, es esa su infinitud, no poseer espacio ni tiempo ni materia ni vida, sino constituir su posibilidad de expresión, ser la esencia que los resume en un punto que unos llamamos Dios y otros de la forma que les parezca, pero la incertidumbre del ser y la intuición de lo inalcanzable que se tiene a la mano, habrán de delatar por siempre, la existencialidad más allá de la materialidad, o, mejor dicho, en expresión superlativa de ella.

 En fin, existen maneras diversas de pensar el universo, tenemos a lo mejor algunos millones de años para hacerlo antes que la evolución nos pase factura. El cosmos es tan infinitamente misterioso e inmenso que su comprensión final ha de ser muy simple. Mientras tanto seguiremos aquí en esta roca que orbita a una mediana estrella de 1.300.000 km de diámetro, que “coquetea” a la distancia de treinta y nueve millones de millones de km con su más cercana vecina, alfa centauro, en una comunidad de 200.000 millones o más de las tiene nuestra galaxia, quien, siendo una entre miles de millones, a 2.000.000.000.000.000.000 de km cuenta a su “colega” más próxima: Andrómeda. Tratemos de proyectar nuestro tamaño físico a esas dimensiones tan gigantescas y pensemos en la magnitud de la tarea de conquistar la maravillosa estructura llamada universo desde la concepción espacio tiempo aparente, cuando apenas hemos puesto una vez los pies en nuestro satélite natural.

 Lo cierto es que está en nuestra naturaleza la “conquista” del universo y hacia allá empeñaremos nuestro último suspiro como especie y como huéspedes de este planeta. El paso inicial lo dimos en la luna, pero el salto definitivo se producirá cuando cesemos nuestro empeño de plantearlo desde nuestra particularidad existencial e iniciemos a comprenderlo en la verdadera magnitud de su complejidad existencial, y cuando ello ocurra su explicación tenderá a simplificarse extraordinariamente.

 La dificultad del entendimiento y comprensión del universo no está en él sino en las incapacidades del ser humano. Por eso, cuando la ciencia se hace fértil espiritualmente y la religión “materializa” o “concretiza” a Dios como “hecho” espiritual, la “razón” del universo se abre paso en nuestras consciencias. 

 La cuestión central de la comprensión del universo, es que ese sistema no puede ser puramente material, porque entonces la vida carecería de sentido y lógica, siendo imposible la conformación de las estructuras, sistemas y principios que la posibiliten. Por eso la materia inerte no constituye la verdadera dificultad del conocimiento, pues es el principio de la vida, cualificante del universo, el verdadero problema cognoscitivo, al plantear otros planos existenciales distintos al material, y en consecuencia, un universo infinitamente complejo. La vida manifiesta al universo en su esplendor y potencialidad, luego entonces, desde él debe iniciarse el principio vital y el establecimiento de todas las condiciones ontológicas para su concreción.

 La denominada “Paradoja de Schrödinger” expone la ambigüedad de la realidad cuando se mide o se trata de explicar parcializadamente desde determinado aspecto o característica. El error consiste en pretender igualar la realidad sub atómica o cuántica con la realidad evolutiva concreta, pues en el universo coexisten dos realidades que lo configuran: el universo esencia o potencia y el universo concreto o evolutivo; constituyéndose así el ámbito de lo real, que se impone a cualquier perspectiva específica. La realidad cuántica expresa el universo posible en toda posibilidad, la esencia generatriz, conformante y conformadora del todo; mientras la realidad evolutiva manifiesta un proceso histórico concreto, de probabilidades consumadas, configurantes del abanico del porvenir.

Recordad que la “partícula” de la paradoja interactúa con el mecanismo a accionar, además de la caja, el aire y el gato, quién, incluso con un maullido o un zarpazo puede determinar el estatus de la partícula. Consideremos un hecho más cotidiano: Una gran roca se desprende y se le viene encima a un gato que juega despreocupadamente. Pudiendo ocurrir: A) Que la distancia tiempo entre la roca y el gato sea tan larga que la probabilidad apueste por la vida del gato, quien incluso podría no llegar a enterarse de la caída de la roca y hasta morir antes por otra causa. B) Que la distancia-tiempo de la caída de la roca sea tan corta que exceda la capacidad de reacción del gato, caso en el cual el gato no tendría opción sino morir aplastado. C) Que la distancia-tiempo de la roca esté dentro de los límites de la capacidad de reacción del gato, quien entonces tendrá la posibilidad de saltar y salvarse. 

 Valga decir, las partículas son determinadas por su contexto hacia la mayor probabilidad. En consecuencia, las leyes físicas expresan un grado tan altísimo de probabilidad, que se consideran infalibles. La roca del ejemplo es un conjunto de partículas determinadas hacia la mayor probabilidad contextual: caer. Mientras que el gato expresa la facultad excepcional del ser vivo, de modificar y configurar la determinación probabilística y, por tanto, de sustraerse de la relación de causalidad que la manifiesta. En ese sentido, el ser humano, exponente superlativo de esa facultad, ya se plantea formas de sustraerse de la posibilidad de que una enorme roca “caiga” sobre la tierra. Aun más, pudiere ocurrir que un fenómeno extraordinario del universo tenga signada la destrucción de nuestro planeta, por lo cual estaríamos viviendo el resto de un tiempo casuístico menor; pues el mayor ya está establecido por una probabilidad ineluctable: la extinción del sol. Porque la principal causa de la muerte, es la vida.

 Ahora, cabe acotar que las paradojas al estilo de la del gato de Schrödinger, se plantean no en función de que algo deba ser de una u otra forma, sino del porqué las cosas no ocurren de una determinada manera, cuestionando las carencias del razonamiento para su justa comprensión. Lo mismo que hizo el dolosamente incomprendido Zenón con las suyas, poner en duda la capacidad de razonar ciertamente la realidad, cuando se desconocen o se asumen indebidamente factores determinantes. 

 Era un planteamiento científico del sabio de Elea. Tan así, que dos mil cuatrocientos años después la ciencia establece que tanto la tortuga como Aquiles avanzan en saltitos cuánticos de paquetitos conformantes de la materia que los integra, o sea, que el movimiento es discontinuo, solo que en expresiones tan extraordinariamente pequeñas que el macromundo lo manifiesta en continuidad; además la ciencia plantea que esos paquetitos o cuantos de materia-energía se manifiestan en una dimensión de espacio y tiempo relativizados, por lo que Aquiles y la tortuga en verdad conforman sus propios espacios tiempo al avanzar, resultando que toda referencialidad es respecto de ellos mismos y de un referencial común para todo el universo: la velocidad de la luz. De manera que el punto referencial del movimiento de Aquiles es donde se encuentre la tortuga, no donde haya estado; incluso puede moverse Aquiles a una velocidad muy cercana a la de la luz, retornar un año después y colocarse a la par de una tortuga que entonces tendría décadas andando. 

 Hubiese sido extraordinariamente relevante para el desarrollo del pensamiento occidental, si se hubiese tomado en serio las paradojas de personajes como Zenón de Elea. 

 De esa forma el gato de Schrödinger, independientemente de cualquier observador, tendría dos estados definidos posibles: estar vivo o estar muerto, y de modo alguno pueden trasladarse a él los estatus propios del mundo cuántico, por cuanto él en sí mismo constituye expresión del universo evolutivo, y en consecuencia, desprendido entrópicamente “n” posibilidades en lo inmediato del mundo cuántico, aunque ciertamente sí, ligado a él “n” posibilidades de la aleatoriedad que expresa éste, pero no inmediata ni absoluta, como sugiere la paradoja, sino, conforme a lo dicho, sometido a una configuración histórica y determinación probabilística entrópica.

 En ese sentido, supongamos que pudiéramos ver el mundo en el nivel del átomo, divisaríamos los cuerpos prácticamente vacíos, conformados básicamente por energía. Las personas, los objetos los animales, los árboles, todo serían diferentes estructuras de energía. Ahora, si fuésemos más allá y viésemos el mundo al nivel de quantum, en ese caso hipotético todo se confundiría con el todo, la indeterminabilidad absoluta convergería la realidad concreta hacia el punto de origen de todo lo posible: el universo esencia. Es decir, la realidad concreta es una construcción histórica proyectada entrópicamente desde la realidad cuántica; por lo que el ser gato significa no solamente su estructura molecular ni su lapso material de vida, sino también todo el proceso evolutivo que resulta en él, más aun por la cualidad superior que lo corona: la vida. De esa forma, probabilísticamente todo el universo se resume en el gato, luego, éste ocupa un espacio y un tiempo creados por el proceso evolutivo. Por eso cuando Einstein preguntaba irónicamente hacia la física cuántica: ¿Entonces la luna no está allí?, la respuesta es sí está allí, como el gato de la paradoja, como nosotros aquí, ocupando nuestros tiempos y “espacios” creados por la evolución y determinados por un proceso probabilístico que configura la “flecha” que le da sentido y expresión concreta a lo cuántico: nuestro mundo real. 

 La fig. 1 ejemplifica la determinación probabilística de la realidad.

De manera que la cuestión existencial del universo se replantea cuando la materia pasa a constituirse en cualidad que excede la mera transformación para expresar el fin mismo de la energía universal: la vida, y su expresión más sublime: la inteligencia. Es decir, los animales, además del plano material, responden a un plano espiritual; siendo su máxima expresión el ser humano, quien toma consciencia de esa espiritualidad y principio vital que animan el universo, de quien se sabe expresión, y lo denomina: Dios; que, como se ha dicho, es la mayor manifestación de la racionalidad humana y la más grande y retadora teoría para la ciencia. 

 Consideremos esto: Si la inteligencia humana expresa obviamente una cualidad del universo, por ende debe responder a una supra inteligencia inmanente que la determina y posibilita. Luego entonces ¿piensa el universo? ¿Somos nosotros acaso una concreción pensante del universo esencia? ¿Por qué nos empeñamos en ser tan miopes, torpes y prepotentes existencialmente?, pretendiendo equiparar el destino del universo al nuestro, de vida, desarrollo y muerte, sin la humildad de plantearnos como expresión probabilística de un existir que lo fue, lo es y lo será por siempre.

Definitivamente, para acercarnos a la “comprensión” el universo, más allá de los poderosos telescopios, sofisticadas naves espaciales y del espectáculo evolutivo asombroso que nos desvelan, con apenas alzar nuestras manos y ponerlas allí junto con las estrellas, así de cerca está el universo, somos la misma energía, constituimos la misma materia y expresamos el mismo principio que lo mueve: la vida. Precisamente desde aquí es donde debe iniciar la ciencia su descubrimiento del cosmos, desde el propio ser humano. 

 Y no se trata en forma alguna de desconocer el rol esencial de la ciencia y sus maravillosos logros en el sosiego de nuestra incertidumbre existencial, sino de ubicarla en su justo valor y dimensión en cuanto al ser humano y su amplitud ontológica y espiritual. 

 El asombro del que ausculta con el telescopio los cielos, no debería ser tanto por lo poco visto de una inmensidad que tal vez ni la “humanidad” alcance a conocer en su totalidad, sino por su significado, por el hecho de que él, siendo prácticamente nada en materia en el universo, tenga la capacidad de cuestionarlo y de comprenderlo, en una facultad que traspasa el saber científico, la experiencia común y las creencias, para constituirse en acto de fe.

Precisamente ese despojarse la ciencia de su prepotencia y volver la mirada hacia el ser humano y su relación e integración a la naturaleza, en una visión holística y sinérgica, es lo que configura el nuevo paradigma que inicia el siglo XXI, ya esbozado en la Declaración del Milenio. Pues el ser humano ha ido cayendo en cuenta de que la sola cientificidad no resuelve su problema existencial, al contrario, lo puede llevar a la extinción como especie, y por eso trata ampliar su perspectiva hacia la espiritualidad, que abarca toda la complejidad de su existir. Siendo una sublime manifestación de esa nueva actitud existencial del ser humano, el progresivo reconocimiento del Derecho Natural y de los Derechos Humanos.

Javier A. Rodríguez Gil
Derechos Reservados.

Adquirir Ebook completo: EL HUMANISMO ENTRÓPICO (ebook)

miércoles, 11 de marzo de 2026

 



NOTA PREVIA DEL AUTOR

Toda obra o creación humana es la expresión sinérgica de conocimientos, saberes, creencias, valores, experiencias, acciones y reacciones, motorizados por la razón, la pasión y la espiritualidad hacia un desarrollo que discurre momentos y etapas que en su conjunto resultan necesariamente en algo distinto del propósito inicial. Porque las mismas complejidades de los elementos que la determinan dotan a cada obra de una cualidad esencial a su autenticidad y cualidad expresiva: la insatisfacción; es decir, la imposibilidad de alcanzar la plena manifestación intelectual y espiritual. Luego entonces, toda obra será siempre un producto incompleto y cualquier acción que la pretenda será quehacer permanente y búsqueda constante.

Es así como la intención de originalidad en el contenido contextual y el sostenimiento de la hilaridad conceptual, despejaron los senderos hacia el propósito de establecer algunos criterios con el fin de concientizar respecto del nuevo paradigma que se vislumbra en los albores de este milenio y que se caracteriza por el búsqueda del encuentro espiritual del ser humano consigo mismo, con la sociedad, con la naturaleza y con el universo; lo que resultó, sin pretenderse de esa forma y planteado en esta edición, en un enfoque existencial desde lo que ha resultado en llamarse  Humanismo Entrópico, o el intento de volver al ser humano en inicio y fin de la acción social, desde una actitud existencialmente más humilde, cierta y eficaz hacia la definición sensata y justa de la fabulosa amplitud de expresiones y posibilidades evolutivas que la probabilística le despliega, asumiéndose, no contradictoriamente como un producto evolutivamente terminado y, por tanto, con expresiones individuales y sociales defectuosas a desechar; ni como un ser inconcluso desviviendo en la miseria de lo que no es, tras una perfección que, por miserable, jamás podrá ser; sino como una hechura evolutiva actualmente plena y siempre incompleta, de la cual él participa con sus aciertos, errores, virtudes, vicios, valores, antivalores, cuyo saldo existencial cualifica los dones maravillosos que lo privilegian: la racionalidad, la conciencia moral y la espiritualidad; desde un propósito vivencial holístico y sinérgico de eficiencia; y en una perspectiva de justicia, igualdad, libertad, pacificidad y felicidad; hacia un punto de fuga de coexistencia social, clareado por los Derechos Humanos. 

De manera que el resultado ha sido básicamente la concreción del intento reflexivo iniciado desde la libreta de notas Web, desarrollado en un pensamiento continuado soportado en sí mismo y sin buscar explicaciones ni justificaciones externas. Constituyendo, más que la manifestación meramente formal de conceptos, la expresión de un acto muy íntimo de fe, de creencia firme acerca de nuestras cualidades ontológicas y axiológicas.

Conformados estos textos en su formato general en un par de días, su desarrollo intermitente y consecuente hasta su publicación y aun en las correcciones posteriores, como las de esta edición, ha consistido en el intento de traducirlos desde la visión y experiencia existencial que manifiestan, con la mayor fidelidad y coherencia posibles. Por ello se hilan como un relato continuado intimo hacia las consciencias, como una pretensión reflexiva gestada desde aquel púber que escudriñaba la tan extraña palabra “usucapión” en el grueso tomo de enciclopedia, descubriendo así el misterioso y a la vez cercanísimo mundo del Derecho; luego, ya como estudiante de leyes, desde las lecciones de cátedra, desde aquella cinta de papel fijada a lo largo de la pared, en la que registraba cada día alguna nota aprendida del evolucionar del Derecho en la Roma nodriza, bajo la luz maravillosa de la racionalidad helena; y desde el aprendizaje, experiencias y reflexiones en la riqueza del privilegio del vivir. Desde todo ello, los cuestionamientos y el espíritu crítico fueron replanteando ese derecho romanista hacia una visión, o mejor dicho, desde una “intuición” humanista de lo jurídico; que progresivamente ha venido reconceptualizando y entrelazando la justicia, la libertad, la igualdad, la moral, la sociedad, el Estado, el Derecho Natural y los Derechos Humanos hacia el propósito holístico que se configura en estos textos como el Humanismo Entrópico. Por lo tanto, lejos de su pretensión está ser considerados criterios ciertos y mucho menos definitivos, pero sí el constituirse de alguna forma en acción racional y espiritual en procura del eterno camino de dar sosiego a nuestras incertidumbres existenciales. 

Por eso en cada página se desbroza la intención, el libérrimo propósito de coadyuvar en la creación de sinapsis que orienten la conciencia y voluntad hacia la mejor comprensión de nuestras cualidades humanas y nuestros fines, en cuanto entes inmersos en un orden universal. Entendiendo siempre que el conocimiento por conocimiento es infértil y solamente útil para las telarañas, pues todo saber debe gestar ideas y criterios que en su conjunto y contexto configuren una visión y planteamientos sinérgicos, cuya implementación tiene sentido si se considera en toda su amplitud y significado en beneficio del ser humano. 

En tal sentido es absurda la disyuntiva entre la ciencia que se proclama movida únicamente por la curiosidad y la religión que encalla al borde de un océano de fe, por cuanto en definitiva ambas evidencian caminos complementarios hacia el mismo horizonte existencial. Lo único es que la ciencia, aun sin quererlo, “descubre” a Dios tropezando racionalmente con su maravillosa obra; mientras la religión, teniendo consciencia de Dios, de hecho reniega de él, al limitarlo a un ideal “interesado” y no plantearlo ni aceptarlo desde la hermosa plenitud de su expresión universal. La religión ha tratado de acallar la ciencia y la ciencia no cesa en sus vanos esfuerzos de aniquilar a Dios; sin entender una, que así cierra la ventana hacia la verdad, y la otra, que de esa forma niega la primera y auténtica certeza, niega al ser humano y reniega de la cualidad más maravillosa que puede tener el universo: la espiritualidad. Paradójicamente los tropiezos racionales de la ciencia han ido reafirmando el sustento espiritual auténtico de la religión, mientras que la fe ha impedido que el ser humano perezca a causa de su soberbia y prepotencia racionalista. 

En nuestro mundo globalizado todo está dicho y a la vez hemos dicho tan poco; estamos altamente evolucionados pero hemos evolucionado casi nada. En cuanto a la configuración de nuestras redes neuronales, entre Nerón y nosotros evolutivamente no hay distancia, ni entre los inquisidores, ni entre Hitler, ni entre Stalin. 

Craso error es creernos nuestra ilusión evolutiva, a cada realidad histórica nos sentimos en el cenit de la evolución, cuando en verdad avanzamos sí, pero muy poco en relación con el potencial que intuimos. El problema es cómo medimos la evolución, o mejor dicho, cómo la vivimos. Porque nos sumergimos tan alienadamente en un mundo de refinamientos, de pretensiones y prepotencias tecnológicas e intelectuales, que nos olvidamos de nuestra humanidad. 

Es que simplemente seguimos teniendo la columna vertebral de la serpiente con la cual compartimos los mismos instintos; por una razón muy sencilla, somos seres evolutivos, es decir, biológicamente estamos construidos sobre primitivismos. Cuánto nos cuesta aceptarlo. 

A la fuerza de la evidencia hemos ido corriendo hasta algo más de medio millón de años nuestro “debut” en la evolución, estableciéndola como la fecha tope para el “nosotros”, olvidando los millones de años de evolución como homínido pensante. Cuánto nos cuesta aceptar a la pequeña “Lucy” como nuestra querida “abuelita”. 

El salto evolutivo hacia el ser pensante, capaz de tener conciencia y espiritualidad, no tiene parangón y está muy por encima de la especificidades de una especie como la nuestra, que a lo mejor por azar evolutivo es la única, ni tampoco hubo de haber sido la mejor, simplemente aquí estamos, privilegiándonos del monopolio fortuito de una facultad sublime que a veces nos pesa tanto, cuajada durante los millones de años que necesariamente deben comprender el “nosotros” amplio, lógico y justo, enunciando principios, fines, valores y derechos e instituciones naturales, derribando definitivamente los diques conceptuales que nos impiden acceder a la igualdad en su pleno y sublime significado, y también asentándonos evolutivamente, es decir, tomando consciencia de dónde venimos, qué somos, donde estamos y hacia dónde vamos. 

Si no nos extinguimos antes, en un millón de años existirán otros humanos radicalmente diferentes y seguramente para ellos seremos simplemente seres primitivos que hacían “pininos” en ciencia y tecnología; pero su existir mañana necesariamente habrá pasado por nosotros hoy, como todos hemos pasado por aquel torpe homínido que una vez alzó sus manos al cielo tratando de conocerse a sí mismo, queriendo comprender el universo, pretendiendo alcanzar a Dios. 

El presente es el pasado potenciando nuestra realidad y el futuro es la proyección del presente, luego entonces, el ser humano es predecible en sus acciones y reacciones primarias, y por ello, con la posibilidad de sensatez histórica, es decir, de creer y tener fe en la potencialidad de sus virtudes, pero también, de saberse portador de vicios y antivalores que lo acechan a cada recodo de su existencialidad. 

El problema está en la ilusión evolutiva que nos disocia de la realidad y nos lleva a considerar coyunturas los hechos y acontecimientos históricos de horror y maldad, cuando en realidad constituyen expresiones genuinas de nuestro “ser humano”, y por eso susceptibles de aflorar en todo momento. 

Es que los Nerón y los Hitler y los Stalin continúan entre nosotros; los mismos imperios, el mismo racismo, la misma xenofobia, la misma crueldad, el mismo desprecio por el ser humano. Continuamos presos de nuestro primitivo egoísmo camuflado de refinamientos y usufructuado por teorías políticas y económicas. 

Pero también Gandhi, San Francisco, Luther King, Lincoln y Bolívar están con nosotros en sus ejemplos de vida, de lucha y de fortaleza ética. Y principalmente Jesús continúa vigente con su mensaje redentor. Esa es precisamente la buena nueva perenne de la actualidad humana: la posibilidad de ser mejores, de poder traslapar nuestros primitivismos y atavismos con principios y valores que legitimen la racionalidad y justifiquen nuestra espiritualidad. Siendo ello la fuerza generatriz del propósito de estas reflexiones, autenticar nuestra existencia desde esos principios y valores, buscando hacerla más plena y trascendental. 

Así pues, no pretenden estas notas establecer ni determinar dogmáticamente nada, pues contradeciría el mismo espíritu crítico que las originó, además, el culto es para los templos. Por eso, estos textos no comienzan desde respuestas sino desde interrogantes, dentro de la intención honesta, el compromiso ético con la verdad y el profundísimo respeto por los criterios que contrasta. 

El espíritu crítico, en su búsqueda de respuestas pertinentes a la verdad, se constituye en posibilidad y potencialidad de la conciencia moral y de la acción ética, siendo preclaro el ejemplo de Jesús el de Nazaret, que con su irreverencia cuestionó dogmas, abriendo brechas hacia la verdad e iniciando un camino hacia un propósito de fe. 

El paradigma positivista, materialista capitalista y socialista marxista, imperantes en nuestro mundo contemporáneo, han pretendido deslastrase del mandato de la moral y de la ética, negar el Derecho Natural y los Derechos Humanos en cuanto imperativos del orden natural, incluso desechar la racionalidad en su plena acepción, reduciéndola a simples relaciones lógicas convenientes. Queriendo quitarle así las coordenadas existenciales al ser humano y despojarlo de su motor y sustento espiritual. Porque, cuando los silogismos se hacen absurdos, allí comienza la espiritualidad, siendo que la mayor abstracción y a la vez simpleza de la racionalidad humana, está resumida en Dios; pues en él convergen los valores, principios y reglas que rigen al universo, no medibles ni cuantificables, ciertamente, pero sí vivibles y proyectables por una cualidad sublime nacida de la racionalidad pero que la trasciende: la espiritualidad. 

En fin, si lograre de alguna forma accionar las conciencias hacia la crítica y valoración de nuestras estructuras políticas, sociales, jurídicas y culturales, el objetivo de estas notas quedaría más que satisfecho. 


Javier A. Rodríguez Gil.

Derechos Reservados.

Adquirir Ebook completo: EL HUMANISMO ENTRÓPICO 





EL HUMANISMO SOCIALISTA