martes, 4 de julio de 2017

SI YO FUERA PRESIDENTE

Si yo fuera presidente, ya hubiese concretado las acciones para evitar la atroz crisis que padece hoy el pueblo venezolano. Pero aún así, luego de la estrepitosa derrota en las elecciones parlamentarias de diciembre del 2015, habría iniciado el 2 de enero del 2016 poniéndome a la orden de una dirección de izquierda ideológicamente amplia, que concertase las acciones a seguir, tomando el control político no solo del Ejecutivo Nacional sino de todas las gobernaciones  y alcaldías ganadas por mi factor político. Iniciando un cambio trascendental en el ejercicio de la política, eliminando el fraude electoral por el cual el ciudadano vota por determinada propuesta o proyecto político, pero luego el sujeto electo gobierna a su real gana, defraudando no solo al elector sino también al partido o movimiento que lo apoyó, a quien absurdamente pone a orbitar su faraónica voluntad, a tal punto, que ningún ministro ni alto funcionario piensa, crea o propone por sí mismo sino por revelación del “faraón”; incluso los artistas, inventores, ingenieros, abogados, médicos, artesanos y cantores gobierneros; ninguno ha hecho, hace, ni hará nada si no es por inspiración del residente de turno de Miraflores, quien apenas llega comienza a impartir instrucciones hasta de cómo operar a corazón abierto; llegando al colmo de asegurar algún médico especialista: “seguí sus instrucciones Sr. Presidente  y por eso la operación fue todo un éxito”… Hasta la Radio Nacional de Venezuela hace de “geisha” descarada con el que sea inquilino de “misia Jacinta”; si es llanero, saturan el dial con joropo “trancao”, y si es caraqueño, pues abusan tanto de la “kétchup”, que además de “brava” se hace pesadita… O sea, individuos, empresas e instituciones se despersonalizan absolutamente y ceden su voluntad, libertad y conciencia  a cambio de “follar” con el dulce poder, sin importar quién es el caudillo de turno.

Por el contrario, yo gobernaría como un Estadista, sometido irrestrictamente al Estado y su institucionalidad, en función de la “mayor suma de felicidad” del ciudadano y de la sociedad. El Estadista que mientras más responsabilidad adquiere menos “conocimientos” tiene”, permitiendo y procurando la expresión auténtica y plena de la sociedad, es decir, el que hace su ego a un lado para darle lugar al verdadero y legítimo protagonista de la historia política jurídica económica y cultural de la sociedad: el ciudadano.

Si yo fuera Presidente, no habría convocado a una Asamblea Nacional Constituyente sin tener cualidad constitucional para ello y con las dos terceras partes del país rechazándola. Habría que ser inepto de plana mayor o estar desquiciado para intentar semejante disparate en las actuales circunstancias del país, y de esa forma; al menos alguien habría de advertírmelo.

El tema de la Asamblea Nacional Constituyente es políticamente tan delicado, por implicar el conferir los ciudadanos facultades supraconstitucionales a un grupo de sujetos para que en su representación ejerzan nada más y nada menos que el poder constituyente, que resulta de Perogrullo la necesidad y conveniencia política, y el requerimiento jurídico de que el soberano apruebe la convocatoria y las bases para la elección de los representantes, esté o no establecido expresamente en el texto constitucional. Tan es así, que incluso ante la aprobación por referéndum de la iniciativa presidencial, y en el supuesto de una altísima abstención, sin contar  las manifestaciones  en contra de su realización, un verdadero estadista daría marcha atrás y esperaría por condiciones más favorables, en vez de lanzar al país y su institucionalidad por el despeñadero.

Si yo fuera Presidente, aún ante semejante yerro, tendría la sabiduría para rectificar y someter, como debe ser, la convocatoria de la Constituyente a la aprobación del soberano; “escapando por la tangente” con la opción de la reforma constitucional profunda en aspectos puntuales y de gran impacto inmediato y mediato en la vida social. Uno de ellos sería la materia de seguridad; proponiendo, por ejemplo, el cumplimiento sucesivo de las penas, la eliminación de cualquier beneficio procesal en ciertos delitos, reincidencia etc.

Si yo fuera Presidente, tendría relaciones con todos los países del planeta tierra. Traería al país expertos en tecnología y en artesanías para tecnificar en primer nivel al país en todas las áreas.

Si yo fuera Presidente, crearía ipsofacto un gran centro nacional de monitoreo y control del Estado, no de chismosos “cooperantes”, sino de profesionales en las diversas áreas, para manejar información cierta en tiempo real de todo lo del país, abandonando la clásica improvisación que nos hace cada rato “arar en el mar”. Dicho ente dispondría datos desde los enfermos, sus enfermedades y los medicamentos que requieren, condiciones socioeconómicas, ubicación geográfica etc.; hasta el inventario de cada hueco o tramo carretero que requiera asfaltado, frecuencia, persistencia, causas  y soluciones tecnológicas. Es decir, gobernar con conocimiento de causa.

Si yo fuera Presidente, entendería que la sociedad es mucho más amplia y compleja que mi torpe ideología. Que la libertad del ser humano, más allá que la inmediata es la posible; por eso el ciudadano y la sociedad se asfixian existencialmente cuando se les acorrala ideológicamente, y siempre se liberan, sea como sea.

Si yo fuera Presidente, sabría que la mejor defensa es el ataque, y que políticamente el mejor ataque es la eficacia. Por ello no me atrincheraría torpemente en mi única visión y proceder, sino que me abriría a la amplitud de acciones políticas disponibles e ”inventables” para sacar avante al país de esta horrible crisis; y si no me sintiese con la fortaleza intelectual y la convicción ética para ese necesario cambio radical exigido por el ciudadano y la sociedad, entonces tendría la sabiduría y humildad para hacer a un lado mis criterios y dar paso a quienes sí  puedan ofrecer respuesta cierta y eficaz a esos requerimientos políticos.

Si yo fuera Presidente, entendería el justo significado de las instituciones sociales y no las tergiversaría con obsoletos criterios de hace trescientos años. Tal como se evidenció cuando una representante del sector empresarial afirmó que “la ley del trabajo no es para proteger al trabajador”; inmediatamente salieron al paso desde el comunero hasta el titular del Poder Ejecutivo en cadena nacional, pasando por eminentes juristas, sobrados intelectuales y políticos de trayectoria, desmintiendo semejante falsedad y afrenta al movimiento obrero, pues, según ellos, la legislación del trabajo es para proteger al trabajador…; lo cual es falso, así como tampoco es para favorecer al empleador; ya que su naturaleza jurídica nace desde la cualidad ontológica del trabajo en cuanto expresión existencial del ser humano y valor que posibilita su ser social. Siendo desde allí, desde ese Derecho Humano fundamental, que se entreteje el ordenamiento legislativo en materia laboral, aunque todavía muy torpe e insuficiente en sus criterios y funcionabilidad. Ahora sí, es cierto, históricamente han sido las luchas obreras las que han impulsado los cambios jurídicos en materia laboral, y desde ese punto de vista esas leyes tienen un espíritu eminentemente protector del “débil” jurídico, el trabajador. Empero, una cosa es la visión política inmediata y pragmática desde el ser circunstancial de los individuos y sectores sociales, y otra es la perspectiva política, jurídica y cultural de la sociedad en cuanto expresión integral y complementaria de lo humano en toda su complejidad existencial. Es decir, a medida que el ser humano amplía su perspectiva de lo social, también la naturaleza jurídica de sus instituciones se expande, integra y complementa, hasta el punto de exigir cambios radicales en los criterios de actuación políticos jurídicos.

A esas deficiencias o falta de actualización en los conceptos hay que ponerles mucha atención, por los “represamientos” de la evolución social y las terribles aberraciones y consecuencias que pueden causar, como en este caso, en la productividad, generación de riqueza y bienestar social, que siempre las termina sufriendo el ciudadano. De tal forma que la mayoría de los yerros del actual gobierno, de una u otra forma se deben a carencias y "taras" conceptuales.

Si yo fuera Presidente, propondría al ciudadano producir, crear, inventar, fabricar y labrar su bienestar, felicidad y paz social; y no los pondría a marchar, tocar pitos, alabarme y vitorearme, a cambio de la mesada limosnera. 

Si yo fuera Presidente, recordaría que viví tiempos en los que los alimentos rebosaban los anaqueles de cualquier bodeguita, a precios que hoy me parecen insignificantes, y los gobiernos controlaban la actividad comercial, no la aniquilaban. También sabría que eso ocurría porque mientras unos andaban desde niños fusil en mano, cargados de ideas pero sin pueblo, tratando de derrocar al gobernante democráticamente electo; otros, en cambio, día a día construían un mejor país, con sus talentos, estudios, creaciones, investigaciones  e ingenios, hacían pueblo, desde dentro del sistema mismo, que al final es la expresión de todos. La progresiva degeneración política social de esa estructura es conocida por todos.

Ahora, por qué no juntar todas aquellas buenas voluntades y obras sociales en la construcción de un proyecto de acción política sensato, pertinente y posible, que fundamentalmente armonice no las facciones políticas, ni criterios económicos ni jurídicos, sino al ser humano consigo mismo, es decir, que pretenda irremediablemente el cambio cultural.

Si yo fuera Presidente, comprendería que no puede igualarse el cuerpo social frisándolo en tabla rasa, sin resultar la sociedad terriblemente injusta, salvajemente improductiva y peligrosamente inestable. Porque las sociedades humanas presentan todo el relieve y carácter orográfico del ser humano que expresan. Sí, ciertamente, arrastran “injusticias” históricas que deben ser progresivamente amortizadas hasta niveles tolerables; pero existen otras aparentes “injusticias” que en verdad constituyen justas expresiones humanas en su ser social. Es decir, la mayor disposición de bienes por un ciudadano, en su justa medida, debe implicar  su mayor esfuerzo, ingenio, estudio, ahorro o eficiencia productiva y  administrativa; que así como el sujeto las concreta en su actualidad, también las hereda a sus descendientes y a la sociedad. Sí, es verdad, esos descendientes generalmente pierden la conciencia del origen de los bienes que poseen, desvinculándose del fundamento ético de la propiedad y conformándose en un círculo vicioso que succiona la riqueza hacia sectores sociales despersonalizados que históricamente van privilegiando sus estatus, tendiendo a la estructuración de la sociedad en función de ello. Pero también es cierto que otras tantas generaciones evidencian diversas visiones, acciones y valoraciones de la riqueza, resultando muchos sin aptitud o actitud para la producción y acumulación de riqueza material, pero poseedores de tesoros invaluables de riqueza intelectual, artística artesanal, creativa, deportiva y afectiva hacia el ser humano, la sociedad, los animales, la naturaleza, etc.; por lo que en ese sentido su condición social es justa, siendo inmensa la riqueza espiritual que le significan a la sociedad. Es decir, Reverón en su cabaña  y el artesano del pueblo  y el pintor de plaza, poseen y crean tanta o mayor riqueza que el gran empresario; la cuestión está en la cualidad del término, y en consecuencia, en dar a cada expresión social su justo valor y reconocimiento; en lograr que Reverón usufrutue, como el obrero, el ánimo de lucro del empresario, aún más de lo que éste usufrutúa sus creaciones, saberes, creaciones y esfuerzos. Por supuesto que, tal como falazmente lo pretende el socialismo tradicional, Reverón puede ser un “empresario social”, así como también y con más razón puede serlo el obrero. El problema es que a Reverón solamente le interesa ser Reverón y el obrero únicamente puede o quiere ser obrero; siendo precisamente esa la tarea de la política y el fin del Estado, que el ciudadano pueda optar por ser lo que él decida, o dicho de forma más acertada: que se le permita desarrollar y expresar su ser material y espiritual hacia la plenitud posible. Y es esa posibilidad de posibilitarse existencialmente el ser humano, lo que motoriza las sociedades, estabiliza las instituciones y permite la justicia, la igualdad y la paz. He ahí el mundo de diferencia conceptual entre la igualdad por supresión de las diferencias y la igualdad en cuanto armonización jurídico política de la complementariedad existencial de los seres humanos.

Si yo fuera Presidente, me despojaría, con sahumerios y todo, del maleficio de ser los venezolanos la soldadesca de aquella Capitanía General que traspasaba sus fronteras para liberar cómodas y pujantes metrópolis; “expropiando”, ahora sí, el atávico complejo de creernos “la última limonada del desierto”, full de petrodólares y sempiternos libertadores de la América Latina; cuando la cruel y tristísima realidad es que el petróleo nos ha hecho miserables material y espiritualmente, y los atavismos libertarios nos han llevado, en cuanto nación, a ocuparnos de liberar a “todo el mundo” mientras somos incapaces de redimirnos de nosotros mismos; de nuestra torpeza para convivir siquiera medianamente como sociedad; de las “taras” culturales que arrastramos del turbio y bastardo origen de nuestra nacionalidad, que así como los romanos ocultaron la suya tras el mito de Rómulo y Remo, nosotros la hemos cubierto con la alfombra del mito heroico libertario; y de nuestra  incapacidad intelectual para conformar la identidad cultural, integral y plena que nunca hemos tenido. Reconociendo que si Venezuela desapareciere en este instante, sin más ni menos el mundo y su historia continuarían como si nada, dentro de la amplitud de posibilidades que le abre la evolución.

Luego así, iniciaría en Venezuela la primera gran cruzada hacia su autoredención; creando su propio espacio existencial, común en origen y desarrollo con las demás naciones en lo que corresponda, pero suyo, propio, en cuanto expresión particularísima de su ser racional, espiritual y cultural; sin extrapolaciones ni interpolaciones falaces que la despojan del ser auténticamente ella para conformar un todos con las otras naciones que al final no es nada. Un país definiendo por sí y para sí mismo su destino; y con los demás países, en las coincidencias, cooperación, y en las diferencias, respeto.

Si yo fuera Presidente, entendería que mi deber de gobernante es solucionar problemas sociales y no agravarlos. Que constitucional y éticamente soy el principal responsable ante la grave crisis económica que azota a nuestro país. Que no puedo evadir esa responsabilidad asignándole la culpa de la imposibilidad de la recuperación económica a sectores políticamente opuestos a mi gestión,  pues entonces le saldría más económico y rentable al elector, confiarle el poder directamente a esos sectores que continuar esperando a que su Presidente, minusválido de ideas y paralítico de voluntad, continúe atrincherado ideológicamente esperando a que ocurra un milagro sin buscarlo,  sin hacer lo que debe hacer: gobernar eficientemente.

Si yo fuera Presidente, habría iniciado mi gobierno con dos criterios claros: Primero, que por regla democrática soy el mandatario de todo el país, siendo ello delimitante de la posibilitación total de mi proyecto político. Segundo, que fui electo por seis años y mi gestión se restringe a ese lapso constitucional; vale decir, hacer  lo que debe hacerse, gobernar cumpliendo con el deber, y al término, que sea el ciudadano quien valore y decida su destino. 

Porque la gestión del gobernante debe tener como fin al ciudadano y no el proyecto político. Es indignante ver al gobernante aberrada y criminalmente aniquilando al ciudadano y destruyendo al país para “salvar” el proyecto político que hace aguas. El venezolano debe aprehender  el sentido integral del bien común, del orden social  y jurídico como posibilitador de su ser individual. No puede ser que se sancionen leyes leoninas o ineficaces sólo para complacer o “favorecer” a grupos de electores. El caso de la regulación los “motorizados” es patético; siendo un problema social de nuevo cuño y existiendo consenso para “atacarlo” contundentemente, el oportunismo político llevó al gobernante a congraciarse con esos electores, con regulaciones legales ineficaces a un mal social que se agrava, y cuyas principales víctimas son los mismos motorizados.

Si yo fuera Presidente, tendría mi más preciado capital en el respeto estrictísimo de la institucionalidad y en su fortalecimiento, aún a costa de mis intereses políticos, pues la cualidad fundamental de la institucionalidad, es que sustituye la voluntad individual por una razón colectiva histórica, concretada y concretándose, traspasando espacial y temporalmente los linderos parcializados de las ideologías políticas. Y no existe nada más socialista que eso.

Si yo fuera Presidente, no le pondría una camisa de fuerza a “mi” pueblo, sino más bien la reservaría para quienes pretendieran engrillarlo ideológicamente. Le soltaría las riendas para que sea él decididor y constructor de su destino político, económico, jurídico y cultural; para que exista aprendiendo a existir, para que yerre y aprenda de sus errores; para que desarrolle en la integralidad y plenitud posibles su existencialidad; para que se haga responsable de su destino y no continúe en la quiniela del mesías salvador y del “dorado” providencial. Y el fundamento político para que ello sea posible está en el respeto y sometimiento irrestricto al Estado, a la Constitución y a la institucionalidad.

Si yo fuera Presidente, ya con el agua al cuello, por no haber hecho lo debido en su momento, acometería en el año y medio que me restaría de gestión, la más grande y radical  trasformación social que haya ocurrido en la patria de Bolívar, en apego estrictísimo a la Constitución y las leyes, y me sometería a la voluntad del soberano, bajo las premisas de que si él no me quisiese confiar nuevamente el mando, yo tampoco querría ese mando; de que cada pueblo elige el gobernante que se merece; y de que, entonces, la lucha política apenas estaría comenzando.

De esa forma actuaría como un auténtico estadista, y no llamando al alzamiento armado en el caso de que el “pueblo” eligiese otra opción política. Un contrasentido que evidencia al “pueblo” marioneta, o en todo caso, al pueblo incapaz sometido al tutelaje de una ideología; pero nunca al pueblo como un ser histórico que trasciende personas e ideologías en la construcción de su destino.

Si yo fuera Presidente, me sinceraría con la historia, con mi patria, con el ciudadano y principalmente conmigo mismo. Ya basta de tantos sofismas y falsedades para ocultar los absurdos y contradicciones que impiden que los proyectos políticos de la izquierda tradicional permeen la conciencia ciudadana y se concreten establemente en paradigmas del buen vivir en sociedad.

Si yo fuera Presidente, abriría en este instante la economía hacia la libre competencia o concurrencia. Le devolvería la libertad de prensa a la sociedad, quitándoles a los medios de comunicación la daga al cuello que les significa la revocación discrecional de la concesión o el cese del suministro del papel. No perseguiría ni acorralaría las opciones políticas contrarias. No ahogaría existencialmente al ciudadano, imponiéndole hasta la forma de vestir. No me burlaría del pueblo, cantando y bailando en cadena nacional, mientras el ”soberano” pasa las de Caín para hacerse de la migaja de pan con qué “engañar” él también su estómago. Mucho menos caería en el círculo vicioso y criminal de venderle los dólares caros a pueblo, para “aumentarle”  el salario a ese mismo pueblo, que cada día gana más pero puede comprar y comer menos.

Si yo fuera Presidente, mañana, tarde y noche recordaría también que “obras son amores”, que “amor con hambre no dura” y que “el que a hierro mata, a hierro muere”

Javier A. Rodríguez G.


No hay comentarios:

EL HUMANISMO SOCIALISTA